A partir del descubrimiento en 2004 de la tumba del rey tracio Seutes
III, en Bulgaria, arqueólogos e historiadores comienzan a descifrar su
legado, para encontrarse con la figura de un rey moderno abierto a la
helenización, pero al mismo tiempo opuesto al yugo macedonio; un
rey-sacerdote, además, ligado a la conservación de los ritos órficos tan
característicos de la sociedad tracia.